Muchos la descubren por casualidad. También funciona como una cafetería y pulpería. Está ambientada con muebles y productos originales. Tiene artefactos que datan de mediados del siglo XIX Es la única de esas características en el continente y la tercera en todo el mundo. La disfrutan hombres y mujeres por igual.
Un hombre que camina distraído, se detiene repentinamente. No comprende que sucede. Lo confunden las mesas de café acompañadas por el anuncio que identifica a la barbería “La época”. Mira hacia adentro del local, recorre con la vista todo el frente, sonríe y continúa su camino.
El lugar realmente merece ser observado en detalle. La pintoresca fachada obliga a ingresar a todo aquel que transite por la calle Guayaquil 877, en el barrio porteño de Caballito. Allí nada está descuidado. Tanto la ambientación de la peluquería, como la vestimenta de su dueño, Miguel Ángel Barnes, evocan el pasado. “Barnes no pasa desapercibido con su capa negra hasta el suelo”, publicó al respecto el diario Clarín.
Un tango melancólico recibe a los clientes y a los curiosos. Mientras, Barnes le corta el pelo a un caballero que paga el servicio por primera vez y que nunca había visitado el salón. El barbero, conocido como “El Conde” le cuenta a su nuevo cliente la historia de “La época”.
Al local se puede acceder por dos puertas, todo depende de la intención cada persona. Una de ellas conduce a una pequeña cafetería que tiene diez mesas, idénticas a las que están afuera. La otra, pertenece a la barbería. Ambas salas se conectan internamente, sólo están dividas por paneles de madera, que tienen altos vidrios con arcos de medio punto.
“El sillón en el que estás sentado perteneció a la casa Gath y Chávez. Es de 1905”, le afirma, orgulloso, “El Conde” a su cliente, que lo escucha con atención. “En cambio aquel, el más viejo, es de madera con esterillas de ratán de la India”, continúa Barnes, refiriéndose a otro del año 1899.
Un comerciante del barrio, Jorge Díaz, bebe una lágrima. Como su merienda está un poco caliente, se para y observa los elementos que están guardados en un aparador de roble de eslavonia, que tiene 90 años: frascos llenos de gomina Brancato, botellas de colonia Atkinson y de perfume Carlos Gardel, antiguas afeitadoras Remington, entre otras rarezas.
“Amo este lugar, es increíble. Miguel ha hecho de la peluquería la casa de todos. Es un tipo extraordinario”, afirma Díaz, mientras observa las llaves de luz de giro continuo, hechas en porcelana.
La puerta del café se abre. Una mujer, tímidamente, le pregunta a Barnes si puede “pasar a ver”. “El Conde”, como todo noble, responde cordialmente: “Adelante, para mi es un placer que disfruten de todo esto”. Definitvmente las personas viajan en el túnel del tiempo cada vez que entran allí y es una experiencia fascinante.
El Conde en sus dominios
Miguel Ángel Barnes inauguró su barbería y cafetería el 7 de agosto de 1998. Para conseguir todos los elementos necesarios tardó siete años. Pero, su ambición siempre fue mayor: “Yo sabía que no existían museos de peluquería en América, y menos un museo vivo como éste. Quería armar el mío”, relató Barnes para la revista Viva.
El famoso peluquero de Caballito trabajaba en una curtiembre como repartidor, cuando la crisis comenzó a afectarlo abandonó su puesto. Fue entonces cuando inició sus estudios como peluquero. Con todos los muebles que había conseguido armó su negocio en el lugar donde sus padres tenían una verdulería.
Barnes se encargó de restaurar lo que compró. Por eso su piano de 1907 no desafina y los teléfonos antiguos aún tienen tono. “Mucha gente quiere comprarme las cosas. No vendo nada. Vino un coleccionista inglés que me dio un cheque firmado y en blanco, para que yo le pusiera precio a lo que tengo. Le pedí que se fuera, no quería tentarme”, relata “El Conde”.
Barnes, de 49 años, aceptó una propuesta del Museo de Ciencias Naturales. En ese sitio se armó un mini museo, donde Barnes pudo exponer algunas de las 10 mil piezas que tiene, para la celebracion del bicentenario
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AriadnaDíazRunza

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